EDNA POZZI

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La niña en el columpio

En cada atardecer
el hombre baja las escaleras de su casa
y se sienta en el parque a esperar las estrellas
En el parque hay una niña columpiándose
y en cada movimiento su cuerpo de cinco años
cubierto con un vestido blanco
traza rayas de luz en el crepúsculo
El hombre ve el resplandor
la finura exacta de la luz
pero sus ojos detenidos en la estrella más lejana
vislumbran la otra niña
la que en Oxipur o Calibán
está balanceándose en un columpio
con un vestido blanco bordado de flores amarillas
Las niñas no se conocen
pero el hombre sabe que el universo
es así de preciso y bello e inútil
Quisiera quedarse en el parque
escuchando el ruido del columpio
pero trepa las escaleras de su casa
donde lo esperan dioses oscuros y pequeños
dioses con olor a pena y a rocío
y a pan recién horneado
y a corazones rotos

Poema I

"Y mirándote, como ahora te miro
muerto sobre una hoja de otoño
una hoja dorada y traslúcida
por esa dificultad que da la muerte
tan profunda y compleja
para la gente del amor
que se muere sencillamente
sin demasiadas estridencias
con el cuerpo desnudo apoyado
en calendarios rotos"

La tierra

Si mamá viniera a bailar conmigo
ahora que tocan la canción de las lilas
entonces sentiría otra vez su rostro joven
rozando mis mejillas
y no pensaría en la tos ni en el jadeo arduo
de los pulmones
pero hay demasiados mares y piedras en la noche
para estas rosas de octubre
y es preferible dejarla quieta en su tumba
allí donde el baile está vedado
y yo soy sólo un trozo de hielo
la vieja niña vieja
agitando pañuelos de lino
para limpiar el polvo y la madera
el piso de roble cepillado
donde tal vez le hubiera gustado bailar
tocando apenas con zapatos de raso
la verde oscura infame tierra
que la contiene

detrás de los finales

Amor del triste

"Te amo como se aman ciertas cosas oscuras" - Neruda

En los nidos de los buitres están mis manos
He cruzado los mares, las tardes cenicientas de tango y vaso ásperos
aquí en el Sur
He cruzado el amor, lo he dejado detrás
desnudo y vulnerable, con sus pétalos de cenizas y de labios rojos
He caminado el pan, la fiebre, la sonrisa del hijo
los claros navegantes que se esfuman en el atardecer
como si tuvieran un contorno celeste, de lápiz infantil
He cruzado la fealdad y los muertos terribles
de antiguos poemas respirando por lástima y desprecio
He ido y venido de mi cuerpo, extendido mi piel
y cerrado mis ojos para el golpe y la caricia
-y siempre la costumbre de estar de más
ocupando una casa que estaba reservada para los impuros-
He cruzado palabras como plumas o violetas mojadas
como reinas o putas tristes las palabras
con su cuello de encaje y el labio tenso por el esfuerzo
de dejarme caer, morir de a ratos sobre jabones o noticias del canto
He cruzado estaciones con sus trenes de ácido
y madera
me he ido como un paria con los zapatos rotos
y el atadito de boas y muñecas de plástico
He cruzado el amor de un hombre inmenso
que se inclinaba para mirarme
cuando tenía cinco años
y me hablaba de un país de castillos azulverdes
donde tendría vestiduras de satén
y una coronita de jazmines.

Vengo de mariposas negras, de lutos, de festines
de llorar en las lágrimas ajenas
de ser el otro, el descastado, el miserable
el sin palabras
Vengo de amores como baratijas
ofrecidos por una moneda, un pequeño reparo en la tarde
un plato de comida
Vengo de ser violada, de sorberme la sangre de las piernas
de subir escaleras de la cárcel
de ser cuerpo y razón inteligencia y mísera esperanza
Vengo de argumentar con la gente del mal
de hacer revoluciones, panfletos, discursos de mandioca
para dar aliento y sostén de los huesos
Vengo de ser desconocida entre los bellos y los puros
poetas de las lágrimas celestes
Vengo de ser vendida cabello por cabello
palabra tras palabra como una hoja seca
o un otoño de ruindad y silencio
Vengo de todos los suicidios, de la traición, de la torpe mentira
y también del pistilo de una azucena, del esplendor dorado
de la pobre azucena
Vengo de la palabra muerte y de la palabra Juan
y de la palabra “tampoco volverás esta noche”
Vengo de octubre, de respirar octubre, de ser octubre
Engendrando lilas de hierro sobre el pecho cansado
Por eso en los nidos de los buitres están mis manos
Hasta allí he llegado, tristísimo amor
amor de lápida y de sombra, de rosa innecesaria
amor de silencio y de fatiga, despidiéndose
anudando mi cuello con sogas de jacintos
el pobre amor trepando la alta montaña
para encontrar mis manos en los nidos del buitre

Oscuro amor, cerrada tarde de la agonía
Miserable señor, pedacito de lumbre
con su cintura rota en la noche que llega
cruzando donde nadie cruzó
donde fuimos más anchos que la anchura del mar

Oscuro amor, pequeño de pies cansados
entre hierbajos y latas vacías
pequeño amor subiendo cerros del color de la sangre
y las inmensas alas de una pájaro
dobladas sobre el pecho
allí donde termina el viaje

Allí donde opresión y nostalgia
para el infante de raso gris
que nunca nacerá
Nunca nombrando la palabra nunca
Nunca diciendo
Mi corazón de plumas era el que te arrullaba.

 

© Edna Pozzi

(Argentina - 1926)

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